jueves, 4 de octubre de 2012

Sobre el objeto que me representa

Lo primero, perdón por la tardanza (si es que alguien estaba a la espera). 

Para remediar estos lapsos sin escribir y que alguien me ayude a refinar mi estilo y el modo en que lo hago (aunque sea obligado, porque le pago), he comenzado un taller de escritura creativa en Fuentetaja, y como no podía ser de otra manera, nos han pedido como primer trabajo que escribamos.


Nos han instado a que hablemos sobre ese objeto que nos identifica. Hay quien pensará que claramente aquello con lo que se me puede relacionar son las chapas y los broches, ya que soy un fan absoluto de estos complementos, y poseo cajas y cajas llenas de adornos de este tipo. Tanto me gustan que los que hay en el mercado no me satisfacen y llego a hacerlos yo mismo con diversos materiales y objetos (fieltro, lana, cremalleras, muñecos de LEGO, muñecos Playmobil...). Pero aún así, no creo que este sea el objeto que me identifica.

Aquellos que me han conocido recientemente, pueden concluir sin lugar a dudas que lo que me representa  es mi móvil. Es verdad, estoy loco con mi cacharrito. Si no es una aplicación es otra. Ya sea de fotos y filtros, juegos, creación de melodías, redes sociales o medios de información, cualquiera es válida para hacer que me desconecte del entorno y me aísle por un rato... O unas horas... O bueno, vale, una tarde completa. Pero sé que es pasajero. Las nuevas tecnologías avanzarán y el móvil quedará a un lado, destronado por cualquier otro "cacharrito".

Sólo aquellos que me conocen a través del tiempo, el espacio y las modas, son capaces de conocer el objeto que ha perdurado, el que ha estado conmigo y del que no me despego en ninguna época del año, pues lo busco en distintas texturas, colores y tamaños, para que me guarde y proteja, incluso en las frescas noches tarifeñas. Aunque no puedo negar, que es en invierno cuando no me separo de ella, salvo para dormir.

Para que entendáis mi amor por esta prenda, y mi grado de identificación, tengo que remontarme a mi tierna infancia, pues es ahí donde se gestan muchas de nuestras manías, gustos y aversiones.
Cuando era pequeño, vivía con mis padres en Fuenlabrada, pero como mi madre trabajaba en Madrid, decidió que donde tenía que estudiar era en la Capital, cerquita de ella, por lo que pudiera pasar. Esta es la excusa oficial, pero yo que llevo treinta y dos años viviéndola y queriéndola muchísimo, y sabiendo que es un pelín clasista, intuyo que el motivo real era que prefería que su hijo acudiese a clase con los hijos de los abogados, médicos y arquitectos del barrio de Chamberí, que con los de los parquesistas, fontaneros y pintores de Fuenlabrada. Ya ves tú, ella que es cocinera en una casa...
Vivir en el extrarradio y estudiar en el centro, suponía viajar, madrugar, correr para coger el tren y pasar mucho frío por la mañana. Lo de viajar, no me importaba, era casi una aventura diaria, de la que podría hablar otro día. Madrugar tampoco, no había conocido otra cosa, así que madrugaba hasta los fines de semana. Correr para coger el tren era parte de la aventura. Pero con el frío, llegaba el horror: El Buzo de Lana.
Lo tenía en dos colores azul marino y verde militar, que en cuestión de uniformes de colegio religioso es lo que se llevaba en los ochenta. Y no podría decir cual me gustaba menos. Incluso me atrevo a afirmar, que no se por cual de los dos sentía más odio. En primer lugar, despeinaban, no sólo cuando te lo ponían, que notabas cómo el pelo se aplastaba contra tu frente, sino que también lo hacían cuando te lo quitabas al llegar al cole. Lo bueno es que nadie se reía de aquello, porque todos estábamos igual de destartalados en términos de peluquería (todos llevábamos buzo de lana...). Y en segundo lugar, picaba mucho. Era algo insoportable que te obligaba a rascarte sin parar, y cuando te lo habías quitado, como se te había irritado el cuero cabelludo te seguía picando y te seguías rascando, que hacía que cuando te lo volvían a poner te picase más... Y así sucesivamente hasta el infinito.

Así fue cómo, con estas experiencias previas, mi madre un día se deshizo de los buzos y llegó a mi vida LA BUFANDA. De nuevo, llegaron dos a la vez, como podéis imaginar en azul marino y en verde militar, que en cuestión de uniformes de colegio religioso ya se sabe. Suaves las dos, acariciaban mi cara con su tierna lana, abrigaban mi cuello, mis orejas y como novedad, tapaban mi nariz y mi boca, lo que hacía que el aire fuese más cálido y no doliese al entrar por  mis fosas nasales y pasar por mi garganta. Que la bufanda tapase estas partes de mi cara, añadía una experiencia nueva, ya que me permitía oler, a lo largo de toda mi aventura matutina, la colonia Nenuco que mi madre  apresuradamente me había rociado. "Vamos, la colonia rapidito que llegamos tarde al tren, Jacobo". Qué frescura de olor... Ya daba igual el frío, las carreras o los trenes... Y lo mejor de todo... Ni despeinaba, ni picaba...

Aquí comenzó mi andadura con las bufandas (o prendas que se ponen en el cuello). Las he tenido cortas, largas, gruesas, finas, estrechas; de un solo color, de dos colores alternos o infinidad de ellos; con dibujo, lisas, a rayas; de punto estrecho o punto ancho; incluso tengo una que es un gorro largo, largo, muy largo, que se abraza impúdica a mi cuello. Para verano, la bufanda se convierte en pañuelo, como le ocurre a la mariposa, y aunque penséis que estas prendas no tienen nada que ver, para mí sigue siendo mi prenda, lo que me sigue y complementa, protegiendo, he de confesar, mi punto débil: la garganta.

En los años noventa tuve un "affaire" con la prenda que se denomina braga. Todo el mundo tenía una. Más corta, se podía podía guardar en un bolsillo, se cerraba con un cordón ajustándose a tu cuello... Pero algo fallaba, más o menos era lo mismo... pero no. Y entonces me di cuenta. ¿Dónde quedaba la elegancia de un buen nudo? ¿Dónde la exquisitez amorosa del brazo de la bufanda atrapando cálidamente un cuello? Entiendo que aquellos que tengan que hacer deporte de montaña, deban priorizar tamaño, espacio y peso, pero no es mi caso, aún no se me ha perdido nada en el Everest o el Himalaya.

Eso sí, no soy radical y cuando no son necesarias las dejo descansar, porque un exceso de mimo y protección puede ser perjudicial y creo que hay una línea muy fina entre gusto y adicción. Así comprenderéis que en ocasiones no vaya acompañado de alguna de mis queridísimas BUFANDAS.

domingo, 22 de abril de 2012

Listografía Nº2: Mis películas musicales favoritas

Con motivo de mi post anterior, y ya que llevo una semana algo simple y alicaída, he decidido continuar con otra de mis listografías, esta vez la de las películas musicales que más me gustan o que más me han marcado desde la infancia hasta mis treinta y una primaveras. 
Os comunico desde ya, que por mucho que alguien piense que Conan, el Bárbaro es un ballet, no pienso hacer referencia a este tipo de películas, sino a las que se idearon, pensaron y rodaron como musical, más allá de interpretaciones.

Hairspray: Sin palabras. En un principio me resistí a verlo, pero cuando Carrie Lee lo trajo a casa, me fascinó. Sus números musicales, sus rítmicas y melódicas canciones, su humor sibilino e inteligente, el tema de la igualdad racial,  John-Tra haciendo el papel de madre obesa hiperprotectora y Michelle Pimientas en el papel de mala malísima, a la par que estupenda estupendísima...  Todo esto sumado a que está inspirado en una película de John Waters, con Divine como madre de la protagonista, que siempre es un plus. Desde entonces, cada vez que alguien habla de musicales, el primero que me viene a la cabeza es Hairspray. Quizá no sea mi preferido (o quizá sí), pero desde luego es el que más me impactó, pues es del que menos me esperaba.

Hair: Desde que escuché en una cinta de mi madre la canción Aquarius, me enamoré de la melodía. Debía tener como doce o trece años. Al comentárselo a ella, me contó que procedía de un musical que trataba el tema de los hippys y la Guerra de Vietnam, y a mí cada vez esto me iba gustando más. Con la llegada del DVD, también llegó la oleada de la remasterización y el relanzamiento de grandes clásicos, y fue entonces cuando pude ver esta maravilla psicodélico-pacifista. A quién no le gustaría colarse en la fiesta de unos ricachones y ponerse a bailar sobre su preciosa mesa llena de cubiertos de plata, o bailar alocadamente en Central Park con el pelo lleno de flores, o gritar a los cuatro vientos lo mucho que aprecia su pelo, como marca de identidad y rechazo a los clichés establecidos. En plena adolescencia, ¿a quién no le podía gustar este musical? Para mí, este fue el más deseado y esperado.

Y ya que hemos hablado del musical de mi adolescencia, tendremos que hablar de los musicales de mi infancia, sin contar con los largometrajes Disney, que son películas de animación.

El Mago de Oz: Colores, familia, musica pegadiza, bailes, una niña como protagonista... ¿Qué pequeño proyecto gay no se iba a encandilar de esta cinta? Gracias a esta película cada vez que imaginamos una bruja lo hacemos con sombrero de pico, vestida de negro y piel verde, que en el mundo real es una profesora o vecina refunfuñona.
Además, creo que antes, la emitían a menudo en Navidades, lo que sin lugar a dudas hace que esta historia se asocie en mis recuerdos a regalos, emoción, momentos de familia y situaciones agradables. 

Sonrisas y Lágrimas (The Sound of Music): Por un lado, Julie Andrews, la perfecta maestra y cuidadora de infantes (Mary Poppins y Fräulein María), entrenando orcos en el campo, llevándoles de excursión por los Alpes, haciéndoles trajes con cortinas monísimas y cantándoles para que no tuviesen miedo de los rayos y truenos de una tormenta... El ideal hecho música. Y por otro, he de confesar que interpreté a Rolf, el cartero nazi, en la versión del grupo de teatro del instituto, con su correspondiente número musical (Y el sueño se hizo realidad). 

Cabaret: la homosexualidad, el mundo del espectáculo, las coreografías imposibles de Bob Fosse, la fotografía decadente y sus guiños al arte contemporáneo, el análisis social del Berlín anterior a la Segunda Guerra Mundial, el antisemitismo, el aborto, el amor, la amistad... A pesar de haber escuchado en infinidad de ocasiones su legendario "Money, money", llegó a mí en mi mayoría de edad, cuando ya era capaz de comprender todo lo que se esconde debajo de cada número musical. Una obra maestra fascinante.

Victor o Victoria: Quizá sea la versión cómica y edulcorada de Cabaret. Temas similares, pero todo más fácil de tomar (nada de abortos y amores imposibles), como no podía ser de otra manera teniendo de nuevo a Julie Andrews como protagonista. Dignas de mención son sus escenas de humor tipo años veinte en las que uno entra otro sale y se buscan pero no se encuentran jamás. Divertida y, de forma modosita, atrevida para los años en los que se rodó y el público al que se destinaba.

The Rocky Horror Picture Show: Locura, diversión, situaciones absurdas e inconexas, libertad sexual, todo un ritual de frases y reacciones, para determinadas escenas, a sus espaldas (que casi necesita manual de instrucciones) y una iconografía legendaria de corsés, tacones y medias de rejilla. Si te han venido gustando los musicales y ya has visto Víctor y Cabaret, el paso lógico en la evolución del musical es que te guste Rocky. Éste llegó en la época en la que salía, entraba, trasnochaba, conocía gente y más gente... Vamos, cuando mi propia vida era un Ombligo Horror Show. 

Moulin Rouge: Quizá ésta es una de esas películas que en ocasiones te avergüenzas de reconocer que te gustan, y que te gustan tanto. Si no la vi alrededor de veinte veces no la vi ninguna. Consecuencia: que ahora cuando pienso en verla me da un poco de pereza. Creo que fue con Moulin Rouge con la que me enamoré de Ewan (el resto de sus películas como que consolidan el enamoramiento inicial, pero MR es como el flechazo), y en la que todos pensamos: "Pero que guapísima es Nicole Kidman, ¿no?" Ríos de lágrimas, emoción a flor de piel, números musicales y coreografías a gran escala, una escenografía barroca y la expresión del amor hecha imagen y sonido (una explosión de luces de vengalas y los protagonistas cantando I will always love you... Eso es enamorarse, señores, y lo demás son tonterías)... Sí, mucho merengue y pastel de fresa.

Y por último... ¡¡Barbra Streisand!!

Funny Girl: No había visto este musical, hasta que lo nombraron en In & Out (en la que el protagonista es un ultra de la Streisand y habla de él). Intrigado por esto lo vi,  y más o menos para el minuto quince, ya estaba prendado de este musical. Barbra haciendo el ganso en patines, Barbra haciendo el ganso vestida de novia, Barbra haciendo el ganso en una partida de póker, Barbra totalmente destrozada por el amor, con unas uñas y una manicura de infarto... Lo típico. El origen de la popularización de temas como People o Don´t rain on my parade.

Hello Dolly: Desde muy pequeño, creo recordar imágenes de esta película: mujeres con trajes pomposos en colores pastel, que hacen que parezcan pastelitos de crema saltarines; hombres alargados y extremadamente delgados con pantalones de pitillo, que bailan casi de puntillas; y una Barbra con una melena recogida en un moño, de un color naranja radioactivo que te hace sospechar de su peluquero y el tinte que ha empleado. De nuevo una película divertida, amena y hecha a la medida de la Diva: Barbra haciendo el ganso cuando va a coger el tren, Barbra haciendo el ganso en una tienda de sombreros, Barbra haciendo el ganso en un restaurante de lujo, Barbra saliéndose con la suya en una explanada llena de gente aplaudiendo en su boda... Todo ello con unas uñas y una manicura de infarto... Lo típico.

Así pues, si algún día os apetece ver un musical, y no sabéis por cual decantaros, aquí os dejo mis recomendaciones. Eso sí, recordad que con melón un musical no se disfruta como es debido, y mucho menos si lo vais a ver por la noche.

¿Y las vuestras? ¿Cuales son vuestras películas musicales favoritas?

domingo, 15 de abril de 2012

El Glee nuestro de cada día

Estamos viendo la tercera temporada de Glee. Me encanta, no lo puedo remediar. Recuerdo que al principio me parecía lo peor, muy infantil y con unas tramas de culebrón insoportables. Además eran veintitantos episodios... ¡¡Por el amor de Alanis Morissette!! ¡¡Yo que le había prometido al Hambre probar con la primera temporada, sin saber que eran tantos episodos!! (Maldito filibustero, él sí lo sabía...) Sin embargo, los personajes se iban caricaturizando a cada paso, las tramas, sin dejar de ser "culebrónicas", se volvían cada vez más divertidas y las canciones que cantaban mejoraban por momentos. Creo que fue el episodio en el que cantaron "Halo/Walking on sunshine" el que me enganchó totalmente, y el que dedicaron a Madonna el responsable de mi adicción.


(Perdonad por los anuncios en las canciones, pero eso no depende de mí :_(  )

Para aquellos o aquellas que no lo hayan visto nunca, esta serie trata de un grupo de adolescentes de instituto que se unen al coro del mismo, y van educando sus voces a través de diversos ejercicios que el profesor les propone semanalmente. Esto les hará ir mejorando y creciendo vocalmente para poder presentarse a distintos concursos corales. Esta podría ser la trama de inicio, pero paralelamente tenemos: la rivalidad entre el profesor del coro (y español...) y la entrenadora de las animadoras, a la que le restan presupuesto para poder mantener ambas asignaturas (si es que se puede llamar así a lo que ambos imparten, porque aquí en España esto que ellos hacen serían clases extra escolares que cada uno tendría que subvencionarse); los problemas típicos de la adolescencia: el amor, la identidad sexual, el embarazo, el matrimonio o la inserción en la universidad deseada (lo típico); y los problemas de los adultos que rodean a estos jovenzuelos: el amor, el engaño dentro del matrimonio, el cumplimiento de las metas e ilusiones llegados a una edad o el trastorno obsesivo compulsivo (lo típico); todo esto salpicado de números musicales y canciones versionadas por los alumnos y profesores, eso sí, casi nunca originales ya que al productor, Ryan Murphy, lo que le motiva es la copia de la originalidad de otros (a cada uno le gusta una cosa, y a este lo que le va es pagar derechos...).

Lo que más me fascina de esta serie son los medios de los que se supone que disponen los adolescentes  en los institutos americanos, para dar rienda suelta a su pasión, para desarrollar sus capacidades vocales y la disposición de los músicos de la clase del coro (Glee Club) para ponerse a tocar todo lo que se les antoja a los chavales cantarines. Les dan una partitura y según les llega, ahí esta el hombre del piano, cuatro violinistas, el de la guitarra y el de la batería, a cualquier hora y en cualquier momento, cuando están todos los chicos y chicas en clase o cuando se les emperejila a dos de ellos que tienen que ensayar en el "pedazo" de auditorio (que me río yo de algunos teatros de la escena madrileña, comparados con el teatro de este instituto). Eso sin contar todos los secretos que se llegan a confesar estos jovencitos delante de los músicos, que tienen que estar hasta las narices de aguantar sus besitos, sus aires de grandeza y sus canciones de Barbra Streisand en falsete porque están tristes ya que valen mucho y nadie lo sabrá nunca... 
Y no hablemos ya de los efectos de luz, sonido y escenografía que se pueden llegar a montar para un simple trabajo de clase (Singing in the rain/Umbrella, con lluvia en el escenario... Sin palabras. Las señoras de la limpieza de ese "insti" tienen el cielo ganado, o cobran un sueldazo. Aunque recoger los pitotes de estos chicos no debe haber sueldo que lo pague).


Si nuestras vidas fuesen un musical... Serían un pestiño, la verdad. Cada uno con su canción, mezclándose unas con otras, un montón de gente siguiéndote para ser el cuerpo de baile de tu día a día... (¡Las travestis carteristas se iban a poner las botas entre coreografía y coreografía!) Además, habría algunos que desafinarían y sería un auténtico horror insufrible aguantar la vida musical del susodicho. ¡Demos gracias a la Creadora por no hacer un universo de realidad musical!
Sin embargo, pensando un poco para hacer este post, me di cuenta de que hay unos momentos concretos en mi vida, en los que me gusta un tipo de música o unas canciones muy específicas.

Para vestirme, me encanta la canción "Idol Mitai ni Utawasete" de Yazima Beauty Salon. Es tan animada y cursi, que imaginas que el día que te espera estará cargado de novedades, gente buena y amable, siempre dispuesta a una nueva aventura... Nada más alejado de la realidad, porque a menudo sabes lo que te espera y para nada está cargado de novedades y aventuras... Incluso, puede que el día llegue con alguna novedad que suponga un verdadero fastidio (no arranca el coche, te cambian de compañera, falta la profesora de psicomotricidad...). De hecho, esta canción la pongo para arreglarme los fines de semana, ya que los días de diario aún tengo compañeros durmiendo en casa, y a ellos nos les iba a parecer nada molona la canción a las ocho de la mañana...


Cuando voy en coche conduciendo solo me encanta poner copla, Concha Piquer, Lola Flores, Rocío Jurado, Estrellita Castro... Bajo la ventana y de camino a cualquier sitio (por carretera, eso sí, que por ciudad sería un show y aún tengo un mínimo de pudor), hincho los pulmones y me descargo tranquilamente "a grito pelao", soltando al viento los problemas de la Lirio, lo mucho que me gusta mi jaca o el miedo que me da que Francisco Alegre salga a torear esta tarde. Oye, que me quedo más ancho que largo. 


Los días grises, en los que estoy triste, cansado o desanimado, pensaríais que lo que intento poner es algo alegre que contrarreste tipo Corazón Contento, Más bonita que ninguna o Aire, pues no, en estas situaciones lo que me pide el cuerpo es Celine Dion. No tengo yo muy claro por qué será esto, pero la verdad es que ayuda a regocijarme en mi pena, desasosiego y desazón, consiguiendo en mí una sobredosis de dolor interior. Seguramente sea esto lo que haga que al día siguiente el mal estar haya remitido y lo que vuelvo a necesitar es Yazima Beauty Salon.


Así que ved Glee, que pasados los primeros episodios engancha bastante, aprendeos alguna copla aunque sólo sea para liberar vuestras cuerdas vocales en los pequeños viajes automovilísticos y sobre todo no comais melón por las noches, que te deprime al día siguiente y puedes volverte adicto a Celine Dion... ¡Y eso sí que mata!


lunes, 9 de abril de 2012

Aventura en la Granja Escuela Zombi

¿Las vacaciones? Pues bien, descansando mucho y recuperando fuerzas, ya que los tres días anteriores al descanso vacacional, los entrenadores y los orcos fuimos a la Granja Escuela Zombi.

Nos lo vendieron como una nueva experiencia, que no suponía ninguna diferencia con las granjas ordinarias y que además ayudaba a la inserción de los zombis en la sociedad, mejorando su autoestima e imagen frente al resto de grupos sociales. A pesar de mi reticencia y la de mi compañera Aby Argominable, el resto del equipo docente parecía muy dispuesto y emocionado con el proyecto y la experiencia, por lo que dejamos atrás nuestros prejuicios y nos lanzamos a lo que sin duda sería una estupenda aventura.

Al llegar, los zombis nos recibieron amablemente, sin mucho ánimo y efusividad (claro, que para estar  muertos y seguir moviéndose, no está nada mal). El problema es que con los orcos has de ser enérgico y contundente en sus peticiones, demandas, exigencias o explicaciones, si no, poco puedes conseguir de ellos. Así que cuando el zombi calvo y la chica zombi le pedían a los enanos, nada más bajar del autobús, que dejasen de dar con el palo en la cabeza a las tortugas con su soniquete lastimero y ranqueante, éstos les miraban, sonreían y continuaban con su nuevo juego preferido: "Comprueba si ese caparazón aguanta". Al ver que no les hacían caso, los muertos vivientes resoplaban, guardaban sus pútridas manos en los bolsillos y se resignaban ante la indiferencia de los pequeños.

Por tomar contacto con los zombi granjeros e intentar conocer un poco más este mundo de los no muertos, me acerqué al zombi con pelo para charlar:

- Hola, ¿qué tal? ¿Te doy la mano o me quedaré con ella colgando? - Lo se, es un chiste muy fácil, pero no se me ocurría cómo romper el hielo. No hubo respuesta, pero sí me ofreció su extremidad, por lo que le saludé con cierto recelo -. ¿Y cuanto tiempo llevas muerto?
- Doooos...  aaaaaañooooos.
- ¡Puff! ¡Qué putada! ¿Y cómo fue? Si no es mucha indiscreción...
- Indigestióóóóón... Comíííí... melóóóóón... por la noooocheeee...
- ¡Lo sabía! Si es que el melón por la noche mata, todo el mundo lo sabe... ¿Y cuanto tiempo llevas en esto de la granja?
-  Treeees.... hooooras... - y acto seguido comenzó a babear. "¡Qué poquita confianza me da esto!"

Según avanzaba nuestra estancia comenzábamos a descubrir pequeños inconvenientes de la Granja Escuela Zombi. Por ejemplo, no tenían huerto, ya que al parecer habían intentado en innumerables ocasiones ponerles a arar, sembrar o regar, obteniendo como resultado una mirada al infinito, sin resultados productivos, o accidentes entre empleados zombis que llevaban a la recaída de los mismos, con las viscerales consecuencias que os podéis imaginar ("Sí, un asco y un pringue"; según el coordinador del lugar).

A lo largo de la estancia, vimos distintos animales, aunque las explicaciones y guías de los muertos vivientes no parecían corresponderse del todo con lo que los entrenadores esperábamos obtener de una granja para nuestros orcos:

- ¿Veis esta vaca... taaaan grandeeee? - pregunta la zombi chica -. Es tan graaaande... que cuando caga... lo hace encima del muuuuuro... jejejeje - dato que a los peques les parece de lo más interesante, pero que a los entrenadores nos parece de lo más prescindible, cuando puedes hablar de qué comen las vacas, cómo lo comen o los múltiples beneficios que nos aporta -. ¿Y sabéis algo más? - A ver, quizá haya hecho un juicio apresurado de la explicación -. Esta vaaaaca... es taaaan grande... que solo puede salir.... de donde está... si la descuartizamos... - Y dicho esto, mira a la vaca fijamente y comienza a babear.

- ¡Chicos! ¡Vamos saliendo de aquí, que zombi chica necesita un momento para volver en sí y dejar atrás sus pensamientos devoradores!

Por teléfono nos comentaron que tenían diversos tipos de aves, gallinas, gallinas de guinea, pavos, pavo reales... Y yo que soy un gran amante de los patos y los gansos quise acercarme con los orcos a ver estas graciosas y entrañables aves. Zombi chica amable y tranquilamente nos acompañó hasta el recinto de las ánades...
Aquello estaba desolado. Ni un solo ave, pero todo lleno de plumas, como si alguien hubiese decidido hacer caldo para un regimiento.

- Perdona, ¿y los patos?
- No están... Desaparecieron... antes de ayer. Por la mañana vinimos y ¡puff!... Ya no estaban...

Curiosamente al volver la mirada al recinto de los patos, zombi chica comenzó a babear de nuevo, y comentándolo con el resto de compañeras, todos los zombi granjeros contestaron lo mismo, con la misma secreción de fluido salival tras la explicación del suceso.

Varias de las actividades que nos proponían eran realizar circuitos de multiaventura adaptados al nivel y estatura de los orcos. En un principio, a todos nos pareció una gran idea para que los enanos perdieran el miedo a realizar determinados movimientos y que desarrollasen sus capacidades motoras. 
Lo que no podíamos imaginar, era que durante cuatro horas y media diarias, nos iban a tener, a los entrenadores y a los pequeños, en una explanada a la solanera, sin ningún tipo de resguardo, sombra o refrigerio, sin tener en cuenta que entre el sol y el movimiento,  la carne de los zombi granjeros acelera su proceso de descomposición y desprende un olor horrible y hediondo, que convirtiendo la actividad en una nueva y mezquina forma de tortura.

Llegados a este punto, y temiendo que el relato de nuestras experiencias en la Granja Escuela Zombi puedan afectar vuestra sensibilidad, prefiero adelantarme al final y no seguir narrado nuestras peripecias. Como podéis concluir, salimos vivos de aquella y sin ninguna baja por parte de los orcos (aunque no podemos decir los mismo de los conejos recién nacidos... que también desaparecieron en la noche...). Pero si queréis escuchar el consejo de este humilde entrenador de orcos, no vayáis a una Granja Escuela Zombi, no son como una granja ordinaria... No lo son... ¡¡¡NO LO SON!!!

(Por desgracia, este post está basado en hecho reales, así que... nada de melón por las noches u os convertiréis en zombi granjeros).

jueves, 15 de marzo de 2012

Cuestionario Proust: Sr. Ombligo

En el siglo XIX, Antoinette Faure, hija de Félix Faure, presidente francés de la época, se dedicaba a organizar pequeñas fiestas, merendolas o similar, en las cuales sometía a un minucioso cuestionario a sus allegados asistentes, entre ellos el mismísimo Marcel Proust. Esta batería de preguntas las anotaba en un cuaderno rojo de ornamentadas tapas de cuero repujado al que se conoce como el "Album de Antoinette Faure".
Pues bien, este cuestionario ha pasado a la historia dentro del mundo periodístico y del entretenimiento, gracias a que Proust lo contestó en dos ocasiones y decidió publicarlos (por lo que se le denomina Cuestionario Proust), y gracias a que desde entonces, revistas de reconocido nombre y prestigio decidieron realizarlo a diversas celebridades de las distintas artes.

¿A qué viene todo esto? Estaba yo una mañana, pensando en qué podría escribir, cuando pensé: ¿Por qué no realizar estas preguntas a mis amigos, conocidos y gente que admiro de alguna otra forma? ¿Esas personas que el mundo no conoce, pero sin las cuales el mismo no funcionaría y mucho menos "mi" mundo? De hecho la misma Toñi Faure realizaba su cuestionario a gente que para nosotros ahora es desconocida, pero que seguramente para ella fuese muy importante, ¿no? ¿Quién le iba a decir a ella hasta dónde iba a llegar el joven Proust? ¿Quién me dice a mí que el día de mañana algunos de mis queridos y queridas no será un famoso "Proust"? Así decidí comenzar una serie de Cuestionarios Proust, dentro de mi rinconcito.

Entiendo perfectamente que las "celebridades" a las que se lo pida, piensen: Sr. Ombligo, ¿nos pides que desnudemos nuestra alma y pensamientos, ante la blogosfera y ante gente de buen criterio, saber  hacer y bellísimas personas que te leen? (¡Boing, boing, boing! ¿Una pelota? ¿Estoy oyendo una pelota?). Pues sí queridos y queridas, comprendo vuestro reproche y como creo que hay que predicar con el ejemplo, seré el primero en desnudarme para vosotros y vosotras con mi primer Cuestionario...

¿Cuál es tu idea de la felicidad perfecta?

Relajarme y no tener que pensar en nada… Caricias en el pelo, en el brazo… Hacer lo que te gusta y que te paguen por ello… Comer algo que te gusta y tener tiempo para disfrutarlo… No tener que mirar el reloj mientras estás con amigos… ¡Hay tantas formas de felicidad perfecta!

¿Cuál es tu gran miedo?

Supongo que la muerte, pero eso no hay quien lo remedie, así que… En ocasiones he soñado que voy desnudo por la Gran Vía e intento pasar desapercibido y que nadie lo note… Y en el sueño parece que lo consigo, pero el mal rato que paso… Así que todos los días me visto para salir a la calle y que este miedo no se cumpla. Y cuando voy a pasar por la Gran Vía, ¡MÁS!

¿Quién es la persona viva a la que más admiras?

Lo primero que me viene a la cabeza es mi madre, que es una persona (y una personajilla) como la copa de un pino, y a quien en muchas cosas me parezco. Pero famoso y que todo el mundo conozca… Pepa Flores, Marisol. Con todo lo que era y lo que suponía, se retira y se dedica a tener vida privada. Digno de admirar. Quizá no sea a la que “más” admiro, pero siempre me ha llamado mucho la atención este detalle de ella.

¿Cuál es el rasgo que más te desagrada de ti mismo?

Mi lengua viperina cuando me enfado… Suelo apuntar a dar… Y suelo atinar… No es que me desagrade, pero me hace sentir mal después.

¿Cuál es el rasgo que más te desagrada de los demás?

Que huelan mal. Si hay alguien que huele mal… ¡Puff!

¿Cuál es tu mayor extravagancia?

Odio la Thermomix, las máquinas Nespresso y los led detrás de las pantallas, televisores o monitores. Por si esto no se considera extravagancia… Me encantan los broches, pins y chapas, si puedo siempre me pongo uno.

¿Cuál es tu viaje favorito?

Es difícil elegir uno, pero recuerdo y recordaré con mucho cariño, una escapada en Septiembre a Granada, con mi amiga Marta… Los dos sentados junto a la catedral, por lo menos dos horas, viendo cómo las gitanas les leían el futuro a los extranjeros (¡Niña, corre! ¡Que este m’a dao veinte’uros!)

¿Cuál consideras que es la virtud más sobrevalorada?

La fama. Ya nadie quiere ser “Intrahistoria”, con lo que le costó a Unamuno sacar este término a la luz…

¿En qué ocasiones recurres a la mentira?

Si creo que lo que voy decir puede hacer daño, recurro al disimulo o al adorno verbal. No es mentir, pero tampoco es decir la verdad. Pero a mentir como tal, no.

¿Qué es lo que menos te gusta de tu aspecto?

Nada, me quiero y me cuido mucho, en cuanto a aspecto. Claro que hay días que los espejos se rompen en cuanto ven que llego, pero es cosa de los espejos, no mía, y mucho menos de mi aspecto.

¿Qué persona viva te inspira más desprecio?

Muchos: Esperanza Aguirre, Ana Botella, George Bush, Satán… este tipo de gente.

¿De qué palabras o frases abusas?

“¿En serio?”

¿Qué o quién es el gran amor de tu vida?

Madonna, que como no la conozco en vivo y es sólo una idea, ella va a seguir haciendo espectáculo y a mí me va a seguir gustando. A veces más a veces menos, pero como en toda relación, ¿no?
No obstante, El Hambre está siendo todo un gran amor…

¿Cuándo y dónde fuiste más feliz?

La época en la que trabajaba en una granja-escuela. El ambiente entre los compañeros, la granja, verme siendo capaz de sacar lo que me pedían adelante... Creo que de pequeño, también fui muy feliz.

¿Qué talento te gustaría tener?

El Hambre me dio un superpoder que me encantó: manejar la luz de tal manera que pudiera crear ilusiones ópticas (él no lo dijo así porque seguro que empleó un lenguaje más técnico, pero es con lo que yo me he quedado… ¡Y me gusta!)

Si pudieras cambiar una única cosa de ti, ¿qué elegirías?

El color de los ojos, de siempre me hubiese gustado tenerlos claros. No se, es un capricho.

¿Cuál consideras que es tu gran logro?

Levantarme entre semana a mi hora. Me cuesta, pero lo hago. ¡Cada día!

Si pudieras elegir en qué reencarnarte, ¿qué sería?

En un ser de otro planeta. Así pruebo otra forma de vida, ¿no? Y con un poco de suerte, conozco al Doctor.

¿Cuál es tu bien más preciado?

Yo mismo.

¿Cuál es para ti la máxima expresión de la miseria?

Hacer las cosas mal a propósito. Saber que lo que haces está mal, que no te importe y seguir haciéndolo. ¡Miserables!

¿Dónde te gustaría vivir?

En el castillo de la Bella Durmiente de Disneyland Resort París. ¡Por pedir que no quede! ¿Habéis visto las vidrieras? ¿Y el dragón de la caverna? Es para vivir allí, de verdad.

¿Cuál es tu pasatiempo favorito?

Leer, escribir o imaginar historias mientras escucho música.

¿Cuál es la cualidad que más te gusta de un hombre?

Que le guste yo, que entienda y comparta mi humor y que me soporte.

¿Cuál es la cualidad que más te gusta de una mujer?

Que sea clara, que se la vea venir, y que entienda y comparta mi humor.

¿Quiénes son tus escritores favoritos?

No tengo uno concreto al que seguir, soy más de géneros que de escritores. De chavalín me dio por Anne Rice, luego una temporada por Michael Cunningham, Eduardo Mendicutti me hizo gracia durante un tiempo… Pero no soy fanático de uno.

¿Quién es tu héroe de ficción preferido?

La verdad que yo soy más de villanos y villanas, me encantan Úrsula, Maléfica, la Reina Mala, Marisa Coulter… Pero debo reconocer que Tormenta de siempre me llamó mucho la atención, con su control sobre los fenómenos atmosféricos, ese traje negro ajustado, ese tocado, el pelo blanco, su nombre (Ororo)…

¿Cuáles son tus nombres favoritos?

Eneko, Endora, Úrsula… Todos muy normalitos y ponibles…

¿Qué es lo que más detestas?

El que habla por no callar, no sabe lo que dice y te quiere hacer creer que su palabra es Ley, sin tener en cuenta tus ideas.  ¡Uff, que rabia me da!

¿Cómo te gusta dormir?

En la cama, agarrado a la almohada.

¿Cuál es tu lema?

Suena un poco ñoño, pero desde hace tiempo lo pienso: La gente buena, tiene buena suerte.


sábado, 10 de marzo de 2012

Señor Ogro

Hay días que es mejor no levantarse, y no porque el mundo esté contra ti, sino porque ya de buena mañana estás tú encontra del mundo.

Sí, aunque soy de caracter alegre, pizpireto y guasón, hay días que según abro el ojo estoy de mala leche. En principio esto pasa por algún motivo en concreto, pero en mi caso no es así, simplemente es el Día del Señor Ogro.
Para empezar mis compañeros de piso hacen ruido antes de que suene el despertador. Seguramente ellos estén intentando tener el mayor cuidado del mundo, y en otros días no hubiese pasado nada (pobrecillos es normal, se despiertan y no coordinan bien, se les escapan las puertas de los armarios y no calculan bien para que no choquen los vasos cuando los cogen o los colocan...), pero hoy el Señor Ogro que ruge por salir quiere desatornillarles las puertas de los armarios y reciclar todos los vasos de la casa (porque uno puede estar enfadado pero no deja de tener en cuenta el medio ambiente), que si queremos beber lo hagamos de la botella, tetrabrick o poniendo la manita.

Después suena el despertador, en mi caso es el móvil, que como lo dejé ayer cargando no está sobre la mesilla si no en la estantería, lo que supone que cuando empieza la dulce melodía te tienes que levantar para apagarlo (o darle al botón para que repita en nueve minutos. ¿Por qué nueve? El Señor Ogro no quiere contestar hoy a eso). Durante esos nueve minutos, como es el día que es, en lugar de volverme a dormir y tener un sueñecito rápido, me paso el rato cagándome en Fringe (la melodía que suena para despertarme), en Steve Jobs, que Alanis le tenga en su gloria (móvil = despertador), en el arquitecto que hizo la casa (por no poner más enchufes, para que no me tenga que levantar a apagar) y en El Hambre, que el día anterior se fue a dormir con su madre y ahora la cama está más fría.

Al salir de casa, la cosa no mejora. El mamón del conductor de autobús debe habernos puesto una cámara en el portal para pasar justo un minuto antes de que salgamos nosotros por la puerta todos los días, y que al perderlo le veamos. No nos saluda, pero yo se que en su cabeza, con una amplia sonrisa, nos hace adiós con la manita (mamonazo...). El Señor Ogro le cogía y le ponía en una zona de conflicto armado, que ya sabemos lo que le gusta a una guerrilla quemar autobuses (aunque bajaría a los pasajeros, que ellos no tienen culpa de nada). Se iba a sincronizar con nosotros en un santiamén.

En el coliseo (o Centro de Entrenamiento de Orcos), las cosas tampoco van bien. No viene la coordinadora, por lo que andamos algo perdidos. En la puerta, los Pokemon de los peques parecen hacer cola para dar la tabarra: que si me preocupa mucho esto y quiero que lo cambiéis (¿Desde cuando los Pokemon dan órdenes a los entrenadores?), que si no encuentro el papelito con la reseña del libro que me disteis a principio de curso (¡Pues la pintas, que ya te la hemos dado tres veces!), que si nos hemos enterado que algunos Pokemon dicen que... (¡Puff! ¡Chismorreos a primera hora de la mañana, que mal me vienen HOY!)

Y esto es sólo el principio, porque... Estamos de evaluaciones y hay que preparar informes individuales de cada orquito (sinceramente, no se para qué porque en la reunión que tendremos todos juntos, después de los dos primeros, la mayoría desconecta), acta de evaluación (es lo mismo que las evaluaciones individuales pero en resumen, ¡¿para qué otra reunión más?!), las notas con sus correspondientes criterios (¿De verdad creemos que se los leen? ¿Y que entienden lo que hemos evaluado? ¿Es necesario? O mejor dicho, ¿Es útil?), la reunión con los padres (si vienen, tres se van antes, cuatro están con la mirada perdida, dos se duermen y dos sólo quieren hablar de su retoño... ¿Por qué no les ahorramos este sufrimiento y de paso nos lo ahorramos nostros también?). Pero por si esto fuera poco, el agua del baño sale amarilla (un orco dice que sale pis del grifo), por lo que cada vez que uno quiere agua hay que echársela de una garrafa (no es bueno deshidratarse, ¿verdad?); una especialista viene con dolores, por haber comido melón la noche anterior, así que no podrá coger al grupo para dar su clase y la hora para programar se esfuma (mierrrrda)...

Una vez en casa, el ratón del ordenador no tiene pilas, por lo que vuelvo a acordarme de Steve Jobs, que Alanis lo tenga en su gloria, y de la zorra de su madre, porque ahora que estoy en casa tengo que volver a la calle a por pilas. Y para rematar la jugada me toca cocinar la comida de mañana para todos mis compañeros... ¡Hasta el coño del bien común, el compartir las tareas, del Ché Guevara y de Carlos Marx! (¿Que por qué hasta el coño de ellos? El Señor Ogro no quiere contestar hoy a eso)

Pero justo, cuando el Señor Ogro está apunto de empezar a romper cualquier cosa con saña y premeditación... Llega la cena y hay pizza, porque es Jueves. En la cama veo una serie, mientras El Hambre me hace caricias en el pelo, y la cama ya no está tan fría como ayer.

Dan las doce, y a pesar de todo, el Señor Ogro no ha conseguido salir, algo de lo que me alegro porque podría haber arruinado mi vida sentimental, familiar, social y laboral. No obstante, es un hasta luego... Un día, sin querer, sin esperarlo y sin ningún motivo aparente... ¡Volverá! (Porque también es saludable, al menos de vez en cuando, estar un poco de mala leche porque sí...)

martes, 28 de febrero de 2012

Evaluaciones o "A ver, ¿qué habéis estado haciendo con la plasti estos tres meses?"

Llega el periodo trimestral que todo domador de orcos teme: las Evaluaciones o Revisión del trabajo para ver si el cambio a ser humano está siendo efectivo. Quizá en el caso de los Catedráticos de universidad la evaluación sea tan sencilla como el simple hecho de lanzar los exámenes al aire y aprobar a quien tengan las suerte de caer en la mesa ( si alguno está leyendo esto se sentirá muy ofendido, pero todos en la facultad hemos oído sobre vuestras prácticas de evaluación... ¡Y las hemos sufrido! Así que nada de hacerse las víctimas ahora); quizá algunos domadores sigan los pasos pautados por un libro y a la hora de valorar los avances simplemente pongan una cruz más arriba o más abajo ( en mi edificio vive un compañero de profesión, supuestamente de la misma etapa que yo, y cada día le veo volver con maletín y pantalones de pinzas... ¿Entendéis por donde voy?); pero por desgracia, mi proceso de revisión es algo más complejo, siguiendo unos pasos bien marcados.

Paso Nº 1 - ¿Qué hemos estado haciendo?

Sí es verdad, en mi trabajo utilizamos la plastelina (o plastilina), las tijeras, el pegamento, los lápices, las ceras, los pinceles, muñecos, cuentos, papeles de colores... Pero no por ello significa que no hagamos nada.  Algo habrá que agitar delante de los orquitos para que te miren, ¿no? Todos estos materiales son como la zanahoria que se pone frente al burrito para que camine (esta metáfora no es casual - guiño, guiño-). Para demostrárselo a los progenitores, hacemos una selección de los rigurosos, metódicos y precisos objetivos que nos marcamos con los monstruitos, y los evaluamos en función de los avances de cada pequeña criatura.
Ni que decir tiene, que para que estos objetivos sean creíbles, asumidos y aceptados por los padres deben ser a cual más incomprensible. De no ser así, nos refutarían todos y cada uno de ellos pues, por la naturaleza de nuestra profesión, el mundo entero se ve capacitado para opinar y deslumbrar a los profesionales de este campo con su amplia experiencia. ¿Quién se atrevería a decirle a un cirujano en plena operación si tiene o no que extirpar ese miembro? ¿Quién interrumpiría a un abogado en mitad de un proceso largo y costoso que podría hacernos millonarios o hundirnos en la pobreza? ¿Quién corregiría a un farmacéutico la fórmula necesaria para procesar un medicamento casi milagroso? Sin embargo, todos sabemos enseñar a leer a nuestros orcos adorados y tenemos el derecho y la obligación de hacérselo saber a su entrenador... ¡Claro que sí! Por eso, para frenar las ligeras opiniones acerca de nuestro trabajo, enrevesamos los informes, para que esos padres valoren y midan si realmente saben tanto como creen y nos lo demuestren... ¡Si pueden!

Paso Nº2 - Pero, ¿de verdad habéis estado haciendo algo?

Los dirigentes de los estados tampoco se fían mucho de lo que los domadores puedan o no trabajar con las criaturitas, por lo que mandan a su policía institucional o lo que ellos llaman Inspectores de Educación. Como no pueden estar todo el día sobre nosotros porque sería cansadísimo para ellos y para nosotros, lo que estos agentes nos exigen son las memorias de lo trabajado en los distintos trimestres. En el caso de aquellos que siguen lo pautado por un libro, lo tiene fácil, presenta el libro, presenta las actividades que éste propone pero ya realizadas por los enanos, y trabajo resuelto.
En el caso de nuestro centro de doma y crecimiento, tenemos que elaborar una memoria de las actividades que nos hemos ido inventado con los pequeñajos, ya que no tenemos un libro que seguir. Si eres metódico y riguroso, cada día puedes ir apuntando estas actividades, incluso describiéndolas en un documento de word, para que cuando llegue el momento sólo sea añadir fotitos y dibujitos (conozco casos que actúan así...) ¿Creéis que este es mi caso? Yo soy más de los que ejercitan la memoria y de los que tienen que ir consultando fuentes, investigando todo lo que hicimos hace dos o tres meses, contrastando opiniones... ¡Mucho más enriquecedor! ¡Dónde va a parar!
Además, para que estos inspectores tampoco ahonden mucho ni se pongan muy farrucos, volvemos a introducir los objetivos anteriores, igualmente elaborados y farragosos. Vaya a ser, que lo vean sencillito y quieran andar tocando las narices. 
Debo decir, en favor de los inspectores, que nos dejan bastante manga hancha y no se meten mucho en nuestro día a día, salvo cosas muy puntuales, y eso es de agradecer.

Paso Nº3 - ¡Mira que sí, que en serio que he hecho muchas cosas!

Tanto nos cuestionan nuestro trabajo, que al final comenzamos a dudar incluso entre nosotros mismos, por lo que hacemos Reuniones de Lamento o Reuniones de Evaluación. En ellas presentamos a nuestros compañeros y compañeras, así como a los dirigentes del centro, los avances y progresos de los orquitos, pero también nos descargamos y compartimos nuestras dificultades, necesidades y ausencias. Por norma general, tus compis se identifican contigo, te escuchan, te comprenden y te apoyan, a diferencia de los directivos que al no conocer prácticamente a los renacuajos, suelen permanecer ausentes, con la mirada perdida, conectando tan solo de vez en cuando en los momentos en que hablamos de todo aquello que necesitaríamos para que nuestro trabajo mejorase, instante en el que sonríen, hacen como que escriben algo en sus libretas o móviles e intentan darnos alguna respuesta que nos alivie. Es aquí cuando la tortilla se da la vuelta y nos responden con instituciones que no conocemos, términos económicos que se nos escapan y situaciones laborales que no llegamos a comprender, consiguiendo así que nadie hable ni replique pero asienta torpemente cual vaca que pasta feliz en su verde pradera del norte.

Todo este proceso de tres pasos (bastante resumindo, que tampoco es plan de aburrir), se prolonga a lo largo de tres o cuatros semanas... En mi caso, tras acabar con las mismas, me marcho a una granja tres días con los pequeñajos... Os aviso desde ya, que igual una noche de estas... ¡me harto de comer melón y me olvido de todo!